San Petersburgo. El orgullo de Rusia

 

Nuestro profesor de Relaciones Internacionales en la facultad de Periodismo siempre decía “El gran oso ruso” para referirse al gigantesco imperio. Primero sometido bajo el yugo de los zares, luego convertido en la poderosa Unión Soviética y ahora como Federación Rusa, el país más extenso del mundo tiene un tremendo espíritu nacional y el epicentro de ese sentimiento es San Petersburgo. Aunque oficialmente la capital sea Moscú, la antigua Leningrado fue el emblema del lujo y el poder durante 300 años y eso todavía se nota en sus calles y sus canales. Palacios descomunales, museos inacabables, iglesias que compiten por llamar la atención, varias catedrales… La vieja Petrogrado es el núcleo del orgullo del país y una de las grandes maravillas de Europa.

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San Francisco 2 (Dos mil millas por la Costa Oeste VIII)

Un islote inexpugnable, una prisión de alta seguridad, los peores criminales en la época en que el hampa dominó Estados Unidos, tiburones en las frías aguas que la rodean, un símbolo del movimiento hippie, varios intentos fallidos de fuga y el cine. Con todos esos ingredientes y a lo largo de varias décadas se ha construido la leyenda de Alcatraz y a ella íbamos a dedicar toda la mañana en nuestro segundo día en San Francisco.

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San Francisco (Dos mil millas por la Costa Oeste VII)

Una economía boyante gracias a la explosión tecnológica del cercano Silicon Valley, una bahía que la rodea por completo, un clima templado al que solo perturban las nieblas, el paradigma de la vida sana y deportista, enormes parques, playas panorámicas, un centro financiero con notables rascacielos, un tamaño accesible y una agitada vida cultural. Todos esos ingredientes confluyen en la capital del norte de California, y por todo ello la ciudad de San Francisco es un atractivo turístico de primera donde el visitante se queda sobre todo con una sensación: qué bonita.

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Dos mil millas por la Costa Oeste (VI). Paseando entre secuoyas gigantes

Al ser humano le siguen fascinando las mismas cosas que hace 5.000 años. Un atardecer, una noche estrellada, el arcoiris, la luna y el sol, el fuego, las tormentas, lo bello, lo inexplicable y también lo enorme. Por eso impresiona tanto estar junto a los seres vivos más grandes del planeta.

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Ámsterdam. Mucho más que el Barrio Rojo

La capital holandesa es famosa por muchos tópicos. Dos de ellos son sus canales por los que presume de ser ‘La Venecia del norte’ y sus bicicletas que lo inundan todo hasta convertirse en agobiantes. El tercero es la fama de transgresora que le ha dado la existencia del Barrio Rojo, donde la prostitución se exhibe sin complejos y  donde están muchos de los mitificados ‘coffee shops’, bares donde es legal fumar marihuana e incluso consumir setas alucinógenas. Pero además es una ciudad con un nivel cultural espectacular. Es abierta, es variada, es una de las mejores escapadas que uno puede hacer por Europa.

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Dos mil millas por la Costa Oeste (V). De un western fantasma a Sierra Nevada

Trayecto: 219 millas. 3 horas y 35 minutos

Hoy por fin tocaba una etapa tranquila. Tras la kilometrada del día anterior teníamos ante nosotros una jornada en la que ‘solo’ debíamos superar tres horas y media de coche. El objetivo era salir del desierto de Mojave para llegar hasta las estribaciones de la Sierra Nevada (así, en español), donde se encuentra el Parque Nacional de las Secuoyas gigantes. Pero antes teníamos cita con un pueblo fantasma.

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Por qué me gustan los cruceros

(En la imagen principal, vista de San Petersburgo desde la terraza del Pullmantur Empress)
Los cruceros son como el Real Madrid. O los quieres o los odias. Hay gente que dice ser indiferente, pero eso es porque no los ha probado.
Bromas aparte, me gustan los cruceros. Quizás porque el primero, por el Mediterráneo occidental, lo hice fruto de un regalo, era totalmente inesperado y me lo tomé como una experiencia para probar. Luego repetí.

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Dos mil millas por la Costa Oeste (IV). Por la Ruta 66

Trayecto: 8 horas. 533 millas.

Pues no. Madrugar no mereció la pena. Estaba aún más nublado que la noche anterior y los gigantes de arena y roca apenas se veían. Teníamos que conformarnos con las vistas del atardecer, disfrutar del desayuno y prepararnos rápidamente para una jornada intensiva. Nos esperaba un largo viaje hasta California a través de la mítica Ruta 66.

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Nublado y todo, el paisaje seguía siendo espectacular

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Dos mil millas por la Costa Oeste (III). Page (Arizona)-Monument Valley (Utah)

Trayecto: 2 horas. 125 millas.

Al principio te hace gracia. “Venimos al desierto y se pone a llover”. Ja. Y qué manera de llover. Debió de caer la del pulpo aquella noche porque de la tierra rojiza que rodea Page, habitualmente más que reseca a estas alturas del año, empezaron a surgir riachuelos por doquier, como arterias de riego de un paraje sediento. Se nos estaba fastidiando la jornada.

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Dos mil millas por la Costa Oeste (II). Las Vegas-Page (Arizona)

Trayecto: 4,5 horas. 281 millas. 
Da igual lo cansado que pueda estar. Cuando cruzo el charco, a la mañana siguiente el ojo salta antes de que den las 6. Otra cama, otros ruidos, otro cuerpo, otra hora de amanecer y los nervios del que empieza el viaje conforman un cóctel explosivo que le dice al cuerpo: “Arriba“. La biología no entiende de relojes.

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